Ven a descubrir tus razones para escribir


“MI MAMÁ ME ama”, “ese es mi oso”, “mi mamá me mima”… creo que estas fueron las primeras palabras que escribí. Eso ocurrió hace unos 55 años –meses más, meses menos- en mi casa, que no era casa y tampoco mía, ni nuestra, sino un apartamento alquilado y minúsculo en la privada del número 149 de la calle Dr. Mariano Azuela, en Santa María la Ribera, en la Ciudad de México, a una cuadra de la estación de Buenavista, adonde a menudo me llevaba mi abuelo Mario a ver llegar las locomotoras, con sus bufidos ensordecedores y sus espesas columnas de vapor.

Ese apartamento fue el segundo lugar donde viví, con mis padres y Raúl y Hugo, mis dos hermanos –mi hermana Rosario nació después, cuando ya nos habíamos mudado a un apartamento más amplio, en otro barrio– y fue ahí donde empecé a construir mis primeras memorias. Era un apartamento circular al que se entraba por un patio también pequeñísimo que conectaba, a la derecha, con una micro cocina y, al frente, con un cuarto que lo mismo era una suerte de sala que la recámara apiñada en la que Raúl, Hugo y yo dormíamos, con un baño comunal en el que la ducha quedaba casi encima del inodoro y con un “boiler” para calentar el agua, lo mismo con “combustibles” hechos de aserrín que con papel de periódico. Enseguida una puerta sin puerta que nos separaba de la recámara de mis padres y, de ésta, al comedor. Luego la micro cocina y, al final, el principio, el rectángulo encementado de la entrada.

Vivimos ahí alrededor de seis años, hasta 1968, lapso en el que estudié los primeros cinco grados de escuela elemental, periodo en el que –decía– comencé a construir muchos de los recuerdos que medio siglo después aun me acompañan, que siguen conmigo porque los saco del baúl a menudo, porque los evoco, porque los escribo –como ahora– para que no se mueran, porque los apalabro para que sigan conmigo.

Ahí, en ese apartamento –en la recámara de mis padres– una tarde escribí esas palabras, las primeras en mi vida, sin imaginar que 55 años después las escribiría de nuevo, ahora, desde el silencioso asombro que provoca la velocidad de vértigo con la que ha pasado todo este tiempo. Aquellas frases simplísimas –“mi mamá me ama”, “ese es mi oso”, “mi mamá me mima” – fueron el primer gesto inconsciente que tuve, no solo de contar, sino también de leer, de comenzar a entregarme a un mundo, a una vida, que siempre solo he podido intentar explicar con la palabra, desde la nostalgia, desde la vivencia, desde la reflexión, desde la ilusión, desde la duda y pocas veces, muy pocas, desde la certeza.

Escribir ha sido para mí no solo una forma de vida para ganar el pan, sino que también ha sido de alguna forma mi vida y lo sigue siendo cada vez que respiro, cada vez que una idea –nueva, antigua o sin edad– surge en algún lugar de mi cerebro por eso que la ciencia llama “sinapsis” y se asocia con otras ideas para generar reflexión, pensamiento, cada vez que siento que eso que siento merece ser palabra, en fin, cada vez que intento que el pasado no sea olvido, que el presente sea recuerdo y que el ahora perdure un poco más allá del hoy.

Por esto, entro otras cosas, es que escribo. Por estas y unas cuantas más, y sé que cada cual tiene sus propias razones para hacerlo…. Si quieres descubrir cuáles son las tuyas, te invito a que nos acompañes a la trabajadora social y bloguera Lourdes Ortiz y a mí en el taller de escritura terapéutica que ofreceremos este sábado 4 de marzo en los Centros Sister Isolina Ferré, en Caimito. Aún quedan espacios disponibles. Llama al (787) 375-7854 y acompáñanos. La vamos a pasar espléndidamente.

#escribir #vida

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